Napalm Death en Uniclub: ruido como puñetazo
Hay noches en las que uno entra a un lugar y entiende, antes de que suene la primera nota, que lo que viene no es música: es un ataque frontal. Uniclub estaba cargado, denso, con esa electricidad previa a la tormenta. Y esta vez la tormenta tenía nombre. Nadie estaba ahí para escuchar canciones lindas. Se fue a buscar un sacudón, una descarga que te deje el pecho vibrando. Y vaya si se logró.
La apertura quedó en manos de Manger Cadavre, que llegó desde Brasil con la elegancia de una topadora oxidada. Nada de rodeos: riffs ásperos, gritos como navajas y una postura política que no necesitó explicación. Traen un bagaje propio, curtido, y lo arrojaron sobre el público como quien incendia un galpón para iluminar la escena.
Después cayó MediuM, representantes locales que no vinieron a rellenar nada. Sonaron afilados, firmes, con esa mezcla de death directo y metal extremo que se siente más en el estómago que en los oídos. Funcionaron como puente perfecto entre el público ansioso y el vendaval británico que estaba por entrar. Dejaron el piso blando, tembloroso, exactamente como lo necesitaba la noche.
Cuando Napalm Death salió, no hubo presentación ni amague. Fue un arranque como un martillazo. Barney Greenway se movió como si estuviera librando una pelea invisible, retorciéndose, corriendo, lanzando energía como un tipo que se niega a envejecer, a frenar, a aflojar. Verlo es entender que para él cada show es un desafío personal contra cualquier forma de quietud.
El set fue una avalancha. Temas cortos, disparados uno tras otro, sin regalar espacio para respirar. Los clásicos volaron como proyectiles y las piezas más recientes se sintieron pesadísimas, crudas, sin filtro. Danny Herrera sostuvo una batería que parecía avanzar con vida propia. John Cooke manejó las guitarras con un filo áspero, sin buscar prolijidad. El bajista invitado, Matt Sheridan, cubrió la ausencia de Embury con una solidez admirable.
No hubo discursos eternos ni monólogos inflados. Solo una idea: no hay lugar para la mierda fascista ni para los discursos de odio. Barney lo dijo en un español improvisado pero clarísimo, justo antes de destrozar el cover de Dead Kennedys. El público respondió con furia, con alegría, con ese tipo de unión que solo aparece en recitales donde todos entienden perfectamente de qué lado están parados.
El pogo fue una celebración permanente. Hubo risas, empujones, saltos y ese momento absurdo y glorioso en el que la multitud se desespera por escuchar un tema que dura menos que un parpadeo. Catarsis pura.
Napalm Death no vino a complacer a nadie. Vinieron a recordarnos que el ruido también piensa, que la distorsión puede ser un arma y que un recital puede convertirse en un espacio donde uno recupera un poco de aire en medio de tanta podredumbre cotidiana.
Agradecemos a Noiseground.
PH: Leandro Barrera









