The Amity Affliction en Uniclub: del silencio inicial al caos colectivo
Casi un año después de su último show en Argentina, The Amity Affliction volvió a nuestro país con Portland como banda soporte y la misión clara de confirmar que el vínculo con el público local sigue tan vivo como siempre. La noche no arrancó a todo vapor — arrancó despacio, construyendo confianza — y eso terminó siendo la mejor decisión posible.
Portland abrió la noche con algunos problemas técnicos en los primeros minutos, pero los sortearon y siguieron. Son pibes jóvenes con un sonido anclado en el emo, el post hardcore y lo alternativo — música que nació desde el caos y la catarsis, y que se siente así en vivo. El sonido tardó un par de temas en asentarse, y la conexión con el público demoró un poco más. Hubo silencios incómodos entre temas y el vocalista arrancó algo tímido. Pero con el correr del set se fue soltando y el cierre fue notablemente mejor que el arranque. Ese recambio generacional que la escena necesita tiene nombre.
La entrada de The Amity Affliction tuvo una introducción doble que se extendió más de la cuenta — logo proyectado, sala a oscuras, atmósfera construida de a poco. Duró un poco más de lo ideal pero era parte del show. Kickboxer y Like Love arrancaron la noche con la banda calibrando la energía de la sala, y el sonido fue complicado al principio aunque fue mejorando. El punto de inflexión llegó antes de Heaven Sent: Joel Birch saludó al público en español, trabado pero real, y eso fue suficiente para desatar la primera gran ronda de la noche. A partir de ahí todo cambió.
Con las visuales de House of Cards dominando las pantallas, la banda se mostró más cómoda, más comunicativa y completamente conectada con el público. El mosh ganó protagonismo. La gente empezó a subir al escenario — algunos a cantar un fragmento junto a la banda, otros simplemente a abrazar a Joel antes de volver al público.
El momento más memorable de la noche llegó durante Chasing Ghosts: un pibe muy joven subió al escenario y cantó una estrofa completa con una seguridad y una brutalidad que asustó. Sorprendió incluso a los propios músicos. La sala entera lo celebró y Joel lo felicitó en público — una de esas escenas espontáneas que no se pueden planificar y que se recuerdan para siempre.
Durante All Fucked Up, la banda pidió linternas y encendedores alzados en el estribillo final. Uniclub se convirtió en algo hermoso — una imagen colectiva que borró por completo la distancia entre escenario y público. El bajista Jonathan Reeves tomó el micrófono durante Bleed para agradecer y alentar el agite — y el público le devolvió todo con la misma intensidad.
Los bises arrancaron con Soak Me in Bleach, que recibió una respuesta inmediata y masiva. Y el final fue tan breve como inesperado: sin foto grupal ni discursos largos, la banda hizo una reverencia, entregó púas y baquetas y se fue. Raro para una noche que había construido semejante conexión. Pero la imagen que quedó grabada no fue la de esa retirada apresurada — fue la de una sala cantando al unísono hasta el último segundo.
The Amity Affliction demostró que no todos los shows necesitan explotar desde el minuto uno. Algunos se construyen de a poco, ganan temperatura y cuando finalmente estallan, no queda nada en pie.
Agradecemos a Noiseground
PH: DeeDee.Eff











