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03 abril 2026

Yngwie Malmsteen en el Gran Rivadavia: El Hechicero de las Seis Cuerdas Conquistó Buenos Aires

El pasado jueves 2 de abril, el Teatro Gran Rivadavia se transformó en un templo del virtuosismo neoclásico. Yngwie Malmsteen, el legendario “Maestro” sueco, regresó a tierras argentinas para celebrar cuatro décadas de una carrera que redefinió los límites de la guitarra eléctrica. En una noche cargada de épica, velocidad y ese aura de divinidad que solo él posee, Buenos Aires fue testigo de una clase magistral de metal neoclásico.

Desde el ingreso a la sala, la imponente pared de 22 cabezales y al menos 10 cajas 4×12 Marshall vaticinaba lo que vendría: una tormenta sónica. Malmsteen no solo trajo su música, sino todo su arsenal estético y técnico. El sonido en el teatro fue, en una palabra, excelente. Cada nota, desde los arpegios más vertiginosos hasta los sostenidos más dramáticos, se percibió con una nitidez asombrosa, permitiendo que el público —que por momentos alternó entre la euforia de pie y la contemplación silenciosa desde sus butacas— absorbiera cada matiz de su Fender Stratocaster.

Antes de la llegada del “Maestro”, el escenario del Gran Rivadavia fue calentado por OnOff, el proyecto personal de Poly Pérez. Su propuesta, destacada por el sonido único del Stick de 10 cuerdas, ofreció una antesala intrigante y de alta calidad musical, preparando el terreno para la explosión neoclásica que seguiría.

El show arrancó con la fuerza de “Rising Force”, marcando el tono de una velada que superaría las 25 canciones. Malmsteen es un músico que trasciende el género; si bien su apariencia y volumen son puramente metaleros, su esencia reside en la música clásica europea. Verlo ejecutar piezas como “Badinerie” (Bach) o el “Violin Concerto No. 4” (Paganini) es entender que estamos ante un violinista frustrado que encontró en la distorsión su mejor aliado.

Uno de los momentos más comentados fue su capacidad para rendir tributo a sus raíces rockeras. La inclusión de fragmentos de “Bohemian Rhapsody” de Queen y un cover completo de “Smoke on the Water” de Deep Purple (donde el propio Yngwie tomó el micrófono) mostraron su faceta más lúdica y su respeto por los gigantes que lo precedieron.
Fiel a su estilo indomable, el sueco no escatimó en gestos técnicos y teatrales. Se lo vio constantemente pateando púas hacia las primeras filas —se estima que lanzó más de cien— y realizando sus clásicos malabares con la guitarra, lanzándola por los aires para que su asistente la atrapara con precisión quirúrgica. Un momento particularmente entretenido fue el duelo de solos que protagonizó con su tecladista, demostrando la química y el virtuosismo de toda la banda.

Sin embargo, la intensidad del “Maestro” también tuvo sus momentos de tensión. En un pasaje del show, Malmsteen mostró su descontento con el uso de flashes desde los palcos superiores, llegando a hacer gestos de “corte” hacia la iluminación blanca que lo distraía. El bajista de la banda, en un correcto castellano, tuvo que intervenir pidiendo al público que apagara las luces blancas para que el show pudiera continuar sin interrupciones.
Hacia el final, la faceta más salvaje de Yngwie salió a la luz. En un despliegue de furia controlada, pasó su guitarra por los amplificadores buscando acoples imposibles y terminó arrancando las cuerdas de su instrumento una a una, creando una atmósfera de caos sonoro que hizo delirar a los presentes. Tras lanzar su guitarra hacia atrás por última vez, cerró una jornada de 90 minutos que se sintió como una vida entera de música.

Yngwie Malmsteen demostró una vez más por qué sigue siendo la vara con la que se mide a todos los guitarristas de metal. Fue una noche de perfección técnica, pero también de humanidad y fuego sagrado. El “Dios del Trueno” sueco volvió a conquistar Buenos Aires, dejando claro que su leyenda, al igual que sus solos, no tiene fin.

Agradecemos a Ake – Vicky Roa

PH: @dee_fiora

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