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11 diciembre 2025

Boris desató el caos sonoro en la primera noche de Buenos Aires Noise

BUENOS AIRES NOISE volvió a levantar su muro sonoro y a confirmar que este festival no juega a medias tintas: acá se viene a dejar el cuerpo, a someterse al volumen y a habitar un espacio donde la música se convierte en un fenómeno físico más que estético. No hay ornamentos ni concesiones. Hay frecuencia pura, densidad y una escena que entiende perfectamente de qué va todo esto.

La jornada arrancó con DRONEGO, un dúo que construye atmósferas fúnebres con dos bajos y cero piedad. Su mezcla de drone, noise y doom es tan densa que parece avanzar como una niebla espesa sobre el público. No pude verlos en acción, pero sí pude cruzarme con su merch delirante, con el nombre de la banda deformado al estilo Judas Priest. Esa ironía ya te dice bastante de la identidad del proyecto: humor negro, distorsión, minimalismo y un concepto clarísimo de lo que quieren provocar.

Después subió ARARAT, el proyecto comandado por Sergio Chotsourian. En modo dúo —bajo y batería— desplegaron un ritual oscuro cargado de graves, repeticiones y ese pulso hipnótico que Chotsourian viene perfeccionando desde hace años. La potencia estaba, la idea estaba, el viaje estaba… pero el sonido del Teatrito no siempre acompañó. El bajo, en más de un tramo, quedó mordido por la batería, y cada vez que Sergio se acercó al micrófono, la mezcla lo castigó. Cosas que can pasan cuando se abre una noche de este calibre. Aun así, la intención quedó clara: lentitud, densidad y una espiritualidad áspera que marca la identidad de Ararat desde sus inicios.

Y después, sí: el telón bajó, las luces se apagaron, el murmullo se transformó en un estallido y Boris apareció para reclamar el escenario como si fuera territorio propio. El trío japonés celebró los 20 años de Pink con una puesta que mezcló trance, distorsión, groove y una precisión quirúrgica. Arrancaron con “Blackout”, lenta y arrastrada, ideal para inducir a todos en ese estado de suspensión tan típico de ellos. De ahí en adelante, la banda alternó entre el incendio total —“Pink”, “Woman On The Screen”, “Nothing Special”, “Ibitsu”, “Electric”— y pasajes dominados por atmósferas oscuras, feedback y una tensión que se estiraba como una cuerda al límite.

La sorpresa llegó cuando anunciaron “Arco Iris”, rescatada del disco Rainbow, tema que pocos esperaban escuchar en Buenos Aires. Fue un quiebre extraño y hermoso en medio del caos. Y, como era de esperar, entre crescendos eternos y distorsión casi ritual, la banda dejó fluir “The Evilone Which Sobs” y luego la monumental “Akuma No Uta”, esa mezcla insólita de doom ralentizado y adrenalina stoner que solo ellos pueden sostener sin perder el pulso.

El tramo final fue una montaña rusa: “Just Abandoned Myself” explotó como corresponde, “Farewell” cerró la sección principal con un dramatismo aplastante y, cuando parecía que todo estaba dicho, volvieron con una sesión extensa de drone al estilo Feedbacker, sumergiendo al público en una marea de ruido que se extendió por más de media hora. Para algunos, un trance. Para otros, una prueba de resistencia. Para la mayoría, una experiencia que no encaja en ninguna categoría tradicional.

Boris operan con una flexibilidad única: pueden incendiar un recinto con riffs punk y, segundos después, ralentizar el tiempo hasta convertirlo en una vibración sostenida. No buscan complacer; buscan sumergirte. Y esa noche lo hicieron sin esfuerzo. Salimos aturdidos, fascinados y con la sensación de haber atravesado una obra que no se ve, sino que se siente.

Una primera jornada intensa, impredecible y totalmente alineada con la esencia del festival: ruido como lenguaje, cuerpo como caja de resonancia, música como fuerza que te desarma y te recompone. Así abre un festival que entiende que la experimentación no se explica: se vive.

Agradecemos a Rueda de la Fortuna

PH: Pentacles.ph

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