Bad Wolves perdió a un integrante en medio de una jugada que la banda nunca quiso hacer.
La historia empezó como un homenaje genuino. La cantante Sara “Killboy” Skinner, fanática confesa de Dolly, venía subiendo covers propios del tema, y esa devoción terminó empujando a la banda a grabar su propia versión, pesada, para el próximo disco. La idea original incluía algo mucho más grande: la participación de la propia Dolly Parton en la grabación. Pero Parton murió el 25 de agosto, a los 80 años, tras una breve batalla contra el cáncer, y esa colaboración quedó trunca para siempre.
Ahí es donde se rompió todo. Según Rebollo, la banda le comunicó al sello que no tenía ningún interés en sacar el cover después de la muerte de Parton, por temor a que se leyera como un aprovechamiento comercial de su fallecimiento. El sello, Better Noise Music (con “Jolene” distribuido a través de Eleven Seven Music), avanzó igual con el lanzamiento. Rebollo calificó esa decisión como “el clavo final del cajón” y fue más allá: dijo que ya no podía “cosignar de buena fe las decisiones que constantemente toma el sello por esta banda”, sumando que arrastraba otros problemas con el funcionamiento interno del negocio.
Bad Wolves terminó publicando Jolene el 31 de agosto, con lo recaudado destinado a la Imagination Library, la fundación de alfabetización infantil de Dolly Parton. Un gesto que busca honrar su legado, pero que nace atravesado por la tensión entre la banda y su propio sello, y que le costó un miembro al grupo apenas días antes de salir a la luz.
El episodio deja a Bad Wolves con una salida dolorosa en el momento menos pensado y reabre una discusión de fondo: hasta dónde llega el control de un sello sobre las decisiones artísticas y humanas de una banda cuando de por medio hay una muerte reciente.
