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Angra completó el ciclo de “Holly Land” en Buenos Aires. 1996-2026: 30 años después, Holy Land sigue siendo una tierra sagrada

Hay discos que envejecen. Hay discos que se convierten en clásicos. Y hay otros que, directamente, parecen haber sido hechos para esperar el momento adecuado y volver a cobrar vida frente a miles de personas. “Holy Land” pertenece a esta última categoría.

Treinta años después de su lanzamiento, Angra regresó a Buenos Aires para celebrar el aniversario de uno de los álbumes fundamentales del power metal latinoamericano. El encuentro tuvo lugar el sábado 22 de agosto de 2026 en el Club Arena Sur, en el barrio porteño de Pompeya, y tuvo además un componente histórico particularmente fuerte: la banda brasileña volvía a interpretar Holy Land completo, en orden y sin interrupciones, frente a un público argentino que conoce sus canciones desde hace décadas.

No es un dato menor. Angra tiene una relación excepcionalmente profunda con Argentina. Su primera visita ocurrió en 1996, precisamente durante la gira de presentación de Holy Land. Desde entonces, la banda volvió una y otra vez al país hasta superar las veinte presentaciones. Tres décadas después de aquella primera visita, el círculo parecía cerrarse. Pero esta vez hubo una diferencia fundamental. Esta vez, Angra tenía una voz nueva y eso convertía al recital en algo más que un aniversario.

La jornada comenzó con Ocio, una banda relativamente nueva que tuvo la difícil tarea de abrir una fecha cuyo público había llegado principalmente para reencontrarse con una formación histórica del metal brasileño. Lejos de mostrarse intimidada por el contexto, la banda apostó por la potencia. Su presentación fue directa, intensa y especialmente efectiva a la hora de generar volumen y movimiento en el público. Todavía quedaba mucho camino por recorrer hasta que apareciera Angra, pero Ocio consiguió que la noche comenzara a tomar temperatura.

Posteriormente fue el turno de Viejo Blanco, que presentó una propuesta bastante diferente. Su rock, de corte más clásico, se apoyó en una ejecución cuidada y una interpretación particularmente pulida.
Dos bandas, dos formas diferentes de abrir la jornada y una misma función: preparar el terreno.

El problema fue que los horarios comenzaron a desplazarse progresivamente. El retraso de una presentación terminó empujando a la siguiente y el efecto dominó alcanzó finalmente al plato fuerte. Angra, originalmente programado para comenzar unos minutos antes, terminó apareciendo aproximadamente 15 minutos después del horario previsto. Para un público que llevaba treinta años esperando volver a escuchar Holy Land de esa manera, quince minutos no iban a cambiar demasiado las cosas.

Cuando comenzó a sonar “Crossing”, la introducción instrumental que abre el álbum, el sentido de la noche quedó inmediatamente establecido y cuando la banda atacó “Nothing to Say”, el Arena Sur respondió como si los treinta años que separaban aquella primera gira de 1996 y esta presentación de 2026 simplemente hubieran desaparecido.
Cuando Angra publicó Holly Land en 1996, ya habían demostrado con Angels Cry que podía competir en el terreno del power metal melódico europeo. Pero con Holy Land decidió hacer algo mucho más ambicioso: tomar las estructuras, la velocidad y la grandilocuencia del género y mezclarlas con elementos de la música brasileña, instrumentos y ritmos autóctonos, arreglos sinfónicos y una narrativa inspirada en la historia de Brasil y el proceso de colonización. El resultado fue un álbum con una identidad propia.

Y escuchar sus canciones treinta años después permitió comprobar que aquella apuesta no solamente funcionó: envejeció extraordinariamente bien. La interpretación de “Nothing to Say” fue el primer gran golpe. La canción conserva esa combinación entre melodía y velocidad que caracteriza al Angra de los años noventa, pero en vivo adquirió una dimensión mucho más agresiva. El sonido fue uno de los puntos fuertes de la noche. El volumen fue muy elevado, quizás incluso excesivo durante algunos momentos, pero la definición permitió distinguir instrumentos, guitarras, bajo, batería y voz sin que todo terminara convertido en una masa sonora. Y eso es particularmente importante en una banda como Angra porque hay demasiadas cosas sucediendo simultáneamente.

Después llegó “Silence and Distance”, más atmosférica, y posteriormente uno de los momentos inevitables de la noche: “Carolina IV”. La canción exige muchísimo a los músicos. Sus cambios de ritmo, sus diferentes secciones y su combinación de melodía, progresión y elementos brasileños la convierten en una de las composiciones más complejas del repertorio de Angra.

Cuando llegó la canción que da nombre al álbum, la sensación fue difícil de describir. “Holy Land” no fue simplemente otra canción dentro de un setlist. Era el motivo por el cual buena parte de los presentes estaba allí. Treinta años atrás, quienes habían descubierto Angra en aquella época probablemente jamás imaginaron que volverían a escuchar el disco completo en Argentina tres décadas más tarde. Y mucho menos con una formación y una historia tan diferentes.
La banda interpretó el álbum completo y respetando el orden original, aunque dejó fuera el bonus track “Queen of the Night”.

Después llegó “The Shaman”, una de las grandes sorpresas del repertorio y, además, una canción que no se interpretaba en vivo desde 2017. El público más veterano reconoció inmediatamente los primeros acordes. Lo mismo sucedió con “Z.I.T.O.”, recuperada para la ocasión después de no sonar desde 2018, y con “Deep Blue”, ausente de los escenarios desde 2016.

Incluso antes de que comience la gira por la región, una pregunta asomaba en los comentarios y conversaciones del público: ¿Cómo iba a funcionar Angra con Alirio Netto? El nuevo vocalista llegaba con una trayectoria diferente a la de los cantantes que habían pasado históricamente por la banda. Su experiencia teatral, incluyendo su participación como protagonista en producciones de “Jesus Christ Superstar”, podía hacer pensar en un cantante con una interpretación más dramática y escénica.
Y eso fue exactamente lo que apareció sobre el escenario. Netto no intentó copiar a sus antecesores y ese fue probablemente uno de los mayores aciertos.
En lugar de transformarse en un imitador, incorporó su propia personalidad a canciones que el público conoce prácticamente de memoria. Su capacidad para moverse entre registros altos, pasajes melódicos y momentos de mayor intensidad permitió que el repertorio clásico conservara su esencia sin quedar atrapado en una reproducción nostálgica. El desafío era enorme.Porque cuando una banda toca canciones que tienen treinta años y que miles de personas conocen nota por nota, cualquier diferencia se percibe inmediatamente. Netto salió adelante y lo hizo con una interpretación teatral, expresiva y técnicamente sólida.

Una vez terminado el recorrido central por Holy Land, Angra no necesitó bajar demasiado las revoluciones.

El repertorio comenzó a viajar por distintas etapas de su carrera. “Lullaby for Lucifer”, incluida como debut dentro de esta gira, aportó un momento diferente, mientras que “Stand Away” permitió regresar a una de las canciones más reconocibles de la primera etapa de la banda. Luego llegaron “Tide of Changes – Part I” y “Tide of Changes – Part II”, ambas incorporaciones nuevas al repertorio de esta gira. La inclusión de canciones de “Cycles of Pain” también permitió recordar que Angra no vive únicamente de su pasado y hoy en dia, es una cuestión importante.

Celebrar un aniversario puede ser peligroso para una banda. Existe siempre el riesgo de quedar atrapada en la nostalgia y terminar funcionando como una versión en vivo de su propia historia y Angra evitó parcialmente esa trampa. Sí, Holy Land fue el centro absoluto de la noche. Pero el repertorio posterior recordó que la banda siguió componiendo, evolucionando y buscando nuevas formas de expresarse.
Y entonces apareció una de las elecciones más curiosas de la noche. “Wuthering Heights”, la canción de Kate Bush.

Angra tiene una larga tradición de reinterpretar canciones ajenas y llevarlas hacia su propio universo. Pero esta pieza tiene una dificultad particular: la interpretación original de Bush es extremadamente personal y teatral. Netto aprovechó precisamente esa dimensión. El resultado funcionó como un puente entre su experiencia teatral y el costado más melódico de Angra. Fue también uno de esos momentos que permiten recordar que el power metal no tiene por qué ser únicamente velocidad y virtuosismo.
Puede ser melodía. Puede ser dramatismo.Puede ser sensibilidad.

El repertorio continuó con “Waiting Silence”, otro debut dentro de esta gira, antes de que llegara uno de los momentos inevitables de cualquier recital de Angra. Luego continuaron con “Carry On”.Hay canciones que funcionan como una contraseña entre una banda y su público.

No importa cuántas veces hayan sido escuchadas. No importa cuántas veces hayan sido tocadas. Cuando comienza ese riff, algo cambia.

El público sabe exactamente qué viene. Y cuando llegó “Rebirth”, el cierre de la parte principal del espectáculo, quedó claro que la banda había conseguido recorrer tres décadas de historia sin convertir el recital en una simple exposición de museo. Había energía. Había presente. Y, sobre todo, había futuro.

Después de “In Excelsis”, utilizada como pista de introducción para el encore, apareció “Nova Era”. El título, paradójicamente, resultó perfecto. Porque si Holy Land representa una de las grandes raíces históricas de Angra, Nova Era simboliza otro de sus renacimientos.

Y escucharla en 2026, con Alirio Netto al frente, permitió cerrar la noche con una idea bastante clara: Angra no está intentando ser la banda que fue en 1996. Está intentando seguir siendo Angra. Eso puede parecer una diferencia pequeña, pero no lo es.

Una celebración que fue más allá de la nostalgia

El recital tuvo algunos pequeños problemas. El desplazamiento de horarios terminó acumulando retrasos y el volumen, aunque acompañado por una excelente definición, estuvo por momentos al límite de lo tolerable. Pero son detalles menores frente a lo que ocurrió sobre el escenario. Porque Angra consiguió convertir treinta años de historia en una experiencia presente.

El verdadero mérito estuvo en comprender qué significaba Holy Land para el público argentino. No era simplemente un álbum exitoso. Era un disco asociado a una época, a una generación de músicos y fanáticos que descubrieron que desde Brasil también podía construirse un power metal capaz de mirar de igual a igual a Europa.

Y Argentina fue parte de esa historia desde el comienzo.

La primera visita en 1996, justamente durante la gira de Holy Land, fue el inicio de una relación que se extendió tres décadas y veinte presentaciones. Por eso, escuchar nuevamente esas canciones en Buenos Aires tenía algo circular.

Treinta años después, el mismo disco, el mismo público, otra formación, otra época, otra voz. Pero las mismas canciones.

Y quizás esa sea la mejor manera de medir la vigencia de un álbum: no por la cantidad de años que han pasado desde su lanzamiento, sino por la capacidad que todavía conserva para hacer que miles de personas vuelvan a sentirse jóvenes durante un par de horas.

En el Arena Sur, Holy Land volvió a ser tierra sagrada. Y Angra demostró que todavía sabe cómo volver a ella.

Review escrita por Ortiz Andrés

Agradecemos a Gaby Sisti – Darkphonic y Paula Andersen

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