Hay voces que definen una época. Que no solo cantan dentro de un género sino que lo moldean, lo amplían, abren puertas que antes nadie había visto. Liv Kristine es una de esas voces. Su paso por Theatre of Tragedy en los 90 creó junto a Raymond I. Rohonyi una dinámica vocal que el metal gótico nunca había visto: el soprano puro y melódico de ella colisionando con los guturales profundos de él — luz y oscuridad, la dualidad que después se llamaría “bella y bestia” y que generaciones enteras de bandas adoptarían como propia.
Miseres abrió la noche y preparó el ambiente con la oscuridad que el momento pedía. La banda argentina fusiona gothic metal, y doom metal en una propuesta que no suena a copia de nada — tiene identidad propia y las canciones para sostenerla. Su EP As Above So Below es una buena puerta de entrada a su universo: denso, oscuro y con una producción que hace justicia a cada elemento de su sonido. Una apertura que entendió el espíritu de la velada y dejó el Marquee listo para lo que vendría.
Liv Kristine llegó al escenario y el Marquee la recibió con aplausos desde el minuto cero. Abrió con Amor Vincit Omnia — título de su noveno álbum y de esta gira, “el amor todo lo vence” en latín — junto a su esposo Michael Espenæs, quien colaboró en voces. Una apertura que estableció el tono de la noche: íntima, cálida y cargada de emoción.
El setlist se dividió entre el nuevo material y los himnos que todos conocemos de memoria. Vervain, Love Decay, Shaolin Me, River of Diamonds y 12th February fueron parte del recorrido. Después llegaron los momentos que el público esperaba: Norwegian Lovesong de Leaves’ Eyes y Machine, Image, Venus de Theatre of Tragedy. El Marquee cantó cada nota.
Lo que distinguió esta noche de cualquier otra fue la manera en que Liv Kristine usó la intimidad del espacio. No hay distancia entre ella y el público cuando el venue es pequeño — lo sabe y lo aprovecha. Interactuó constantemente, habló en español, preguntó cómo la estábamos pasando y mencionó repetidamente lo feliz que estaba de que estuviéramos ahí. Nos miró a los ojos mientras cantaba. Esa conexión directa, cara a cara, es algo que los escenarios grandes no permiten y que hace que estas noches tengan una dimensión completamente diferente.
El encore fue el momento más emotivo de la noche. Cassandra de Theatre of Tragedy — con Sascha, guitarrista de la banda, sumándose en voces — y Der Tanz der Schatten como cierre absoluto. El Marquee se despidió despacio, como debe despedirse de algo que costó décadas llegar.
Tres décadas después, la voz de Liv Kristine sigue erizando la piel. Su legado abarca desde la creación de un nuevo paradigma vocal hasta la apertura de puertas para generaciones de mujeres dentro de la música pesada. Que siga vigente, girando, conectando cara a cara con sus fans y manteniendo viva la mística del metal noventero en escenarios de todo el mundo es algo que hay que celebrar.
Agradecemos a Metal Eterno Producciones
Cobertura y PH: Pentacle.ph

